Crecí en León, Guanajuato, rodeada de talleres. De niña veía a familias enteras cortar piel, coser suelas y terminar a mano zapatos que se vendían en medio mundo. También vi cómo, poco a poco, muchos de esos talleres empezaron a cerrar. No era por falta de calidad: nadie estaba contando su historia, y el producto barato les ganaba la batalla del precio.
Todo cambió cuando me fui de intercambio a Madrid. Allá entendí que comprar en línea era lo más natural del mundo y que una marca pequeña, con identidad, podía venderle a cualquier país desde una computadora. México tenía el talento. Lo que faltaba era el puente.
Regresé a León con esa idea fija. Mi papá había dado los primeros pasos del proyecto, y mi hermano Gerardo y yo decidimos llevarlo mucho más lejos. Así nació el Mall Gran México Export que conoces hoy: un lugar donde cada marca mexicana tiene su propia tienda, su propia voz, y donde su única competencia es ella misma.